Persuasion & Sanditon

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El señor Elliot era razonable, discreto, educado… pero no espontáneo. Jamás tenía una explosión de sentimientos, ni se encendía de indignación o de entusiasmo ante el mal o el bien ajenos. Esto, para Anne, era una manifiesta imperfección. Sus nociones primeras eran indelebles: valoraba el carácter franco, sincero, apasionado por encima de todos los demás. Aún la cautivaban el calor y el entusiasmo. Sabía que podía confiar mucho más en la sinceridad de quienes a veces cometían algún atolondramiento que en aquéllos cuya presencia de ánimo jamás se alteraba, y jamás se les escapaba una palabra.

El señor Elliot era demasiado agradable en general: aunque en casa de su padre convivían temperamentos muy distintos, sabía ser complaciente con todos. Los llevaba demasiado bien, sabía quedar demasiado bien con todo el mundo. Con ella había hablado con cierta franqueza sobre la señora Clay; parecía haberse dado cuenta de lo que la señora Clay maquinaba, y compartir con Anne su desprecio; sin embargo la señora Clay le encontraba el hombre más agradable del mundo.

En cuanto a lady Russell, veía menos, o más, que su joven amiga, porque no encontraba nada que le despertase desconfianza. No concebía un hombre más cabal que el señor Elliot, ni acariciaba ilusión más dulce que la de verle recibir la mano de su querida Anne en la iglesia de Kellynch en el transcurso del otoño venidero.


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