Persuasion & Sanditon

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No era una carta como para recobrarse en seguida. Media hora de soledad y reflexión la habría tranquilizado; pero los diez minutos que transcurrieron antes de que la interrumpieran, debido a las limitaciones de su situación, no consiguieron devolverle el sosiego. Cada momento le traía un nuevo motivo de inquietud. Era una dicha que la ahogaba. Y antes de que superase los primeros momentos de intensa emoción llegaron Charles, Mary y Henrietta.

La absoluta necesidad de aparentar sosiego le supuso ahora una inmediata lucha interior; pero al cabo de un rato no pudo más. Empezó a no comprender una palabra de lo que decían, y se vio obligada a decir que se sentía indispuesta y a disculparse. Entonces se dieron cuenta de que estaba muy pálida, y se alarmaron, y dijeron que no la dejarían por nada. ¡Era horrible! De haberse ido todos, de haberla dejado dueña absoluta de la habitación, habría podido recobrarse; pero tenerlos atendiéndola, o de pie a su alrededor era mareante. Así que, desesperada, dijo que se iba a casa.

—Claro que sí, querida —exclamó la señora Musgrove—, váyase a casa ahora mismo y cuídese para estar bien esta noche. Ojalá estuviera aquí Sarah para que le recetase algo; yo no entiendo. Charles, toca la campanilla y di que llamen un coche, no debe irse a pie.


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