Persuasion & Sanditon
Persuasion & Sanditon El capitán Wentworth había estado de pie, apoyándose en una silla o jugando con ella. Ahora se sentó, acercó la silla un poco más hacia Anne, y la miró con una expresión que contenía algo más que simple penetración… algo más dulce. El semblante de ella no se desalentó. Fue un diálogo mudo pero intenso: de súplica por parte de él, de aceptación por parte de ella. Se acercó un poco más, le cogió una mano, y se la apretó: «¡Anne, mi queridísima Anne!», exclamó con el corazón rebosante de sentimientos emocionados, al tiempo que olvidaba todas las dudas y todas las indecisiones. Se reconciliaron. Restablecieron todo lo que habían perdido. Se sintieron transportados al pasado con el cariño y la confianza aumentados, y con una trémula felicidad que la aparición de la señora Croft, poco después, interrumpió de manera inoportuna. Probablemente —a juzgar por ciertos comentarios que hizo durante los diez minutos siguientes— sospechaba algo. Y aunque una mujer de su carácter no podía desear que su modista la tuviese más tiempo prisionera, buscó excusas para dar una vuelta por la casa, no fuera que el mal tiempo rompiera una ventana arriba, o para hablar con el zapatero del almirante abajo. Sin embargo, la fortuna favoreció a todos de otro modo, en forma de una lluvia suave y persistente, que empezó nada más regresar el almirante, y cuando Anne se disponía a marcharse. Le pidieron con insistencia que se quedase a cenar. Mandaron una nota a Camden-place, y se quedó… Se quedó hasta las diez; y durante ese tiempo, el marido y la esposa, bien por idea de esta última, o simplemente porque era propio de los dos, estuvieron ausentándose a cada momento de la habitación… unas veces porque habían oído un ruido arriba, otras porque tenían que arreglar cuentas abajo, o preparar la lámpara del rellano. Y de tal modo aprovechó la pareja esos preciosos momentos, que dieron por buenas todas las pasadas ansiedades. Esa noche, antes de separarse Anne tuvo la dicha de recibir seguridades de que en primer lugar (lejos de estropearse) había ganado indeciblemente en belleza personal; que, en cuanto a su carácter, lo tenía él grabado en el alma como la perfección misma, y lo consideraba en el justo medio entre la fortaleza y la dulzura; que jamás había dejado de amarla y preferirla, aunque sólo en Uppercross había aprendido a hacerle justicia, y sólo en Lyme había empezado a comprender sus propios sentimientos; que en Lyme había recibido más de una lección: la admiración del señor Elliot al pasar, al menos, le había hecho reaccionar, y lo ocurrido en el Cobb y en casa del capitán Harville había puesto de relieve la superioridad de ella. Sobre sus anteriores intentos de enamorarse de Louisa Musgrove (intentos nacidos del enojo y el resentimiento), declaró que en todo momento había tenido conciencia de la imposibilidad de llegar a amarla verdaderamente, aunque hasta ese día, hasta que había dispuesto de sosiego para reflexionar, no había comprendido las excelentes cualidades espirituales a las que mal se podían comparar las de Louisa, ni el total e inigualable ascendiente que poseía sobre él. Allí había aprendido a distinguir entre la firmeza de principios y la terquedad, entre la resolución de un espíritu sereno y las temeridades del atolondramiento; allí había visto cómo todo enaltecía en su estima a la mujer que había perdido, y allí había empezado a deplorar el orgullo, la insensatez, la locura del resentimiento que le había impedido intentar recuperarla cuando se cruzó en su camino. De entonces a hoy su penitencia había sido de lo más severa. No bien se liberó del horror y el remordimiento que acompañaron a los primeros días del accidente de Louisa, no bien empezó a sentirse vivo otra vez, empezó a comprender que, aunque vivo, no era libre.