Persuasion & Sanditon

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Cuando finalmente estuvieron todos sentados, después de cambiar de sitio algunos para ver el mar o el hotel, a Charlotte le tocó al lado de Arthur, el cual se hallaba acomodado ante el fuego con una delectación que hizo muy meritoria su cortesía al pretender cederle su asiento. El modo en que Charlotte rehusó el ofrecimiento no dejaba lugar a dudas, y se sentó otra vez satisfecho. Charlotte retiró su silla a fin de que él hiciera de pantalla, y agradeció cada pulgada de su espalda y sus hombros más allá de lo que hubiera podido prever. Arthur era de vista torpe igual que de cuerpo, pero de ningún modo le costaba hablar; y mientras los otros cuatro hacían corro aparte, él, como es natural, no consideró una penitencia tener a su lado a una joven bonita necesitada —por pura cuestión de cortesía— de alguna atención, en tanto su hermano, que acusaba la clara falta de un motivo para la acción, de alguna meta poderosa que le animase, observaba con considerable satisfacción.

Tal era la influencia de la juventud y la belleza que incluso inició una especie de disculpa por tener el fuego encendido.

—No deberíamos tenerlo —dijo—; pero el aire del mar es siempre húmedo. No hay nada que me dé más miedo que la humedad.


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