Persuasión
Persuasión El prado bordeaba una cañada que al final cruzaba la senda, y cuando ya se hallaban todos a la salida, un coche que venía en aquella dirección, y cuyo ruido percibían hacía ya rato, los alcanzó. En él iban el almirante Croft y su mujer, que habían salido a dar el acostumbrado paseo y regresaban a su casa. Al enterarse del largo trayecto que las señoras tenían que hacer, ofrecieron cortésmente un sitio para la que estuviese más fatigada, de ese modo se ahorraría una milla para llegar a Uppercross. La invitación fue tan general como la negativa a aceptarla. Las hermanas Musgrove no estaban cansadas, y Mary una de dos: o le ofendió el que no la invitasen en primer lugar, o a causa de lo que Louisa llamaba el orgullo típico de los Elliot, no podía aceptar el tercer puesto en un carruaje de un solo caballo.
Los caminantes, cruzada ya la cañada, remontaban la ladera opuesta, y el almirante azuzaba su caballo, cuando el capitán saltó rápidamente la cerca y se acercó a decir a su hermana algo que se comprenderá por los resultados.
—Miss Elliot, veo que está usted cansada —dijo Mrs. Croft—. ¿Quiere complacernos permitiendo que la conduzcamos a su casa? Le aseguro que aquí hay sitio para tres, y si fuéramos nosotros como usted, aun habría para cuatro. Vamos, acepte nuestra invitación, por favor.