Persuasión
Persuasión En vida de Mrs. Elliot hubo moderación, orden y economía, gracias a los cuales no se gastaba más de lo que la renta daba de sí; pero con aquélla se había marchado el buen sentido, y desde entonces los desembolsos superaban los ingresos. No podía gastar menos, sostenía sir Walter, de lo que su posición y su buen nombre le exigían. Pero si bien no se creía merecedor de reproche, debía tener en cuenta, por fuerza, que no sólo crecían sus deudas, sino que oía tanto hablar de ellas, que ni aun parcialmente podía evitar que su hija estuviese al corriente de la situación económica por la que atravesaban. Durante la última estancia en la ciudad algo había hablado del asunto con ella, e incluso llegó a decirle: «¿Podemos reducir nuestros gastos? ¿Se te ocurre algo que podamos suprimir?» Y Elizabeth, justo es decirlo, en los primeros momentos de alarma femenina se puso a meditar acerca de qué hacer al respecto, y mencionó la conveniencia de economizar en dos aspectos: cortar algunos gastos innecesarios de caridad y renunciar a cambiar el mobiliario del salón; a esto se agregó luego la absurda ocurrencia de suprimir el regalo que se hacía a Anne todos los años. Estas medidas, sin embargo, fueron insuficientes para atajar el mal, y finalmente sir Walter hubo de confesar a su hija a cuánto ascendía la deuda. En esta ocasión a Elizabeth no se le ocurrió nada eficaz para hacer frente a la misma. Tanto ella como su padre se sentían agobiados, desgraciados, y no atinaban con el medio de reducir sus gastos sin rebajar su dignidad ni prescindir de comodidades que tenían por indispensables. Sir Walter sólo disponía ya de una parte muy pequeña de sus propiedades, y aunque estaba dispuesto a hipotecar cuanto fuera necesario, jamás accedería a vender. No. Nunca ultrajaría hasta ese punto su honor y su buen nombre. La propiedad de Kellynch constituiría un legado tan completo e íntegro como él lo había recibido. Los dos confidentes, Mr. Shepherd, que vivía en la ciudad inmediata, y Mrs. Russell, fueron llamados para solicitar su consejo, y padre e hija confiaban en que a alguno de los dos tal vez se le ocurriese un modo de sacarlos del atolladero y limitar los gastos sin afectar con ello el tren de vida que llevaban.