Persuasión

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Tanto Mr. Elliot como su amigo de Marlborough Buildings, dieron tema de conversación para toda la tarde. ¡Era tan sincero el empeño manifestado por el coronel Wallis de conocerlos y tan vivo el afán que en ello había tenido Mr. Elliot! Hablaron también de Mrs. Wallis, a quien de momento sólo conocían por referencias, pues, a causa de una indisposición, se hallaba recluida en casa. Mr. Elliot la presentaba como una mujer encantadora y digna de figurar entre las amistades de Camden Place. Sólo esperaban que se restableciera para conocerla personalmente. Sir Walter imaginaba que debía de tratarse de una mujer verdaderamente hermosa. Deseaba conocerla, y daba por sentado que superaría en belleza a las insulsas mujeres con que se cruzaba en las calles de Bath. Lo peor de esta población era el sinnúmero de caras insignificantes. No quería decir con ello que no hubiese allí mujeres agraciadas, pero sí que el número de las feas era desproporcionado. En sus paseos siempre observaba que a una cara hermosa seguían treinta o treinta y cinco adefesios, y recordaba que hallándose una vez en una tienda de Bond Street, habían desfilado ante su vista, unas tras otra, ochenta y siete mujeres, sin que entre ellas pudiera registrar un rostro pasable. Claro que era una mañana muy fría, y con un tiempo semejante de mil mujeres sólo una se arriesgaba a salir; pero, de todos modos, en Bath había una cantidad exagerada de mujeres feas. ¿Y qué decir de los hombres? Eran infinitamente peores. ¡Qué espantajos se veían por las calles! La poca costumbre que tenían las mujeres de ver hombres de aspecto medianamente aceptable hacía que reaccionasen exageradamente ante uno de apostura sólo regular. Como que no paseaba una vez del brazo del coronel Wallis, hombre de porte marcial aunque sus cabellos dejaban bastante que desear, sin notar que los ojos de todas las mujeres se iban tras él; nada, todas estaban obsesionadas con el coronel Wallis. ¡Oh, modesto sir Walter! No se le dejó pasar, claro está, semejante alarde de humildad. Su hija y Mrs. Clay insinuaron que el acompañante del coronel Wallis podía ufanarse de poseer un rostro tan perfecto como el de éste, y una cabellera muy superior, desde luego.


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