Persuasión
Persuasión Cuando conoció a Mr. Elliot, sin embargo, se mostró más tolerante, o acaso indiferente, con los otros. Las formas sociales de aquel hombre la predisponían en su favor, y al tratarlo más íntimamente no sólo confirmó la impresión primitiva, sino que llegó a decir a Anne: «Pero ¿es éste Mr. Elliot…?», e incluso a confesar que no podía imaginarse una persona más simpática y digna de estimación. Aquel hombre parecía reunir todas las virtudes: entendimiento, convicciones moderadas, experiencia y afectuosidad. Tenía en mucha consideración los deberes del parentesco, sin por ello mostrarse orgulloso o vanidoso; vivía con la holgura de un hombre de fortuna, sin caer en el despilfarro, y sustentaba ideas propias acerca de las cuestiones esenciales de la vida, sin desafiar la opinión ajena en nada relacionado con los buenos modales. Era decidido, observador, prudente y sencillo; no se dejaba llevar por la vehemencia o el apasionamiento, y sentía una sincera inclinación hacia todo lo que fuera merecedor de cariño, lo que rara vez ocurría en las personalidades propensas a las exageraciones del entusiasmo o a las desmesuras de la violencia. Ya sabía ella que no había sido dichoso en su matrimonio, el coronel Wallis lo decía, era evidente, pero aquella racha infortunada no había llegado —según observó muy pronto— a amargar su espíritu hasta el punto de prevenirlo en contra de unas segundas nupcias. En fin, que el agrado que Mr. Elliot le producía contrarrestaba la antipatía que sentía hacia Mrs. Clay.