Persuasión

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Anne experimentó un deseo incontenible de asomarse a la otra puerta para comprobar si aún llovía. ¿Por qué había de suponerse que el motivo fuera otro? El capitán Wentworth ya debía de haberse perdido de vista. Se puso de pie y se acercó a la puerta. Las dos mitades de su ser debían de poseer distintos grados de cordura, o tal vez desconfiaran excesivamente la una de la otra. Ella quería, sencillamente, enterarse de si llovía o no. Pero se quedó a mitad del camino, inmovilizada por la entrada del capitán Wentworth, que llegaba en compañía de varios caballeros y varias señoras, a quienes debía de haber encontrado poco antes en Milson Street. La confusión que Wentworth demostró al verla fue más intensa de la que parecía haber demostrado en otras ocasiones. Se puso como la grana. Por primera vez en la segunda etapa de su trato con él, Anne era la que se mostraba menos turbada, diferencia que debía atribuirse a aquellos breves instantes que le llevaba de ventaja. Los primeros efectos de sorpresa y confusión ya habían pasado para ella. Pero aun así, no podía decirse que estuviera serena. De hecho, se hallaba sobrecogida por una impresión a la vez dulce e inquietante, que fluctuaba entre la dicha y la amargura.

Frederick se acercó a ella para hablarle, pero el diálogo fue breve. Sus ademanes denotaban que estaba profundamente alterado. Anne no podía considerarlo frialdad o confianza; era, lisa y llanamente, confusión.


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