Persuasión
Persuasión Anne regresó a su casa sin dejar de pensar en lo que ahora sabía. El haberse enterado de cómo era en realidad Mr. Elliot había disipado, al menos en parte, sus inquietudes. Ya no tenía respecto a él ninguna obligación de afecto y ternura. Como rival del capitán Wentworth, no merecía otra consideración que la que hubiera de otorgarse a cualquier contrincante inoportuno, y sus inconvenientes atenciones de la noche anterior, con las fatales consecuencias que hubiese podido ocasionar, sólo debían mirarse con desagrado y aun hostilidad. Ya no sentía la menor compasión por él. Pero ahí terminaban las ventajas de la nueva situación. Por muchos motivos, al mirar alrededor o meditar sobre el porvenir, no veía nada que no le produjese desconfianza o recelo. Experimentaba una enorme tristeza al pensar en la cruel desilusión que se llevaría Mrs. Russell y en la humillación a que se verían sometidos su padre y su hermana. Preveía muchos y serios disgustos, y no sabía de qué manera evitarlos. Le alegraba, no obstante, haberse enterado de la verdad. Nunca como en ese momento juzgó tan meritorio el que hubiese conservado la amistad de una mujer como Mrs. Smith, y la recompensa se había hecho esperar. Mrs. Smith había procedido con ella como nadie lo hubiera hecho. ¡Ah, si pudiera encontrar el modo de comunicar a su familia aquellas importantes revelaciones! Pero esta ilusión era vana. Le contaría a Mrs. Russell cuanto sabía, la consultaría al respecto, y, habiendo hecho cuanto estaba de su parte, se limitaría a esperar la marcha de los acontecimientos con toda la serenidad posible; aunque, a decir verdad, era preciso que todas las precauciones y reservas se concentrasen en aquel rincón de su alma que no podía descubrir a su antigua amiga, guardándose para sí todas las ansiedades y zozobras.