Persuasión
Persuasión —Noté —dijo— que el capitán Harville me consideraba ya comprometido, que ni su esposa ni él tenÃan la menor duda de que nos amábamos. Aquello me asombró sobremanera. Yo podÃa, en cierto modo, desautorizar de inmediato tales sospechas, pero al reflexionar en que otros podrÃan haberlo creÃdo (tal vez su propia familia, la misma Louisa), comprendà que ya no era dueño de mi propia voluntad. El honor imponÃa su voluntad. HabÃa sido un juguete a merced de las circunstancias por no haber pensado seriamente en el asunto. No habÃa reparado en que aquella excesiva intimidad ocultaba un peligro y podÃa acarrear, por muchas razones, consecuencias desagradables, y en que yo no tenÃa derecho a que aquellas dos muchachas fuesen vÃctimas de comentarios malévolos, si no a cosas más graves, por complacer mi capricho egoÃsta de jugar con sus sentimientos hasta decidirme por una de ellas. HabÃa cometido una imprudencia, y debÃa hacer frente a las consecuencias.