El rancho del crimen
El rancho del crimen Pete logró llegar hasta la zanja y comprobó que el hombre esposado había desaparecido. Por una parte, su estado de debilidad y por otra la obscuridad de la noche hacían inútil todo intento de perseguirle. Más adelante esperaba hallar huellas suficientes para emprender aquella persecución.
Si el hombre esposado conseguía llegar a encontrarse con alguno de sus compañeros de bandidaje, le sería fácil quitarse las esposas y cambiarse de vestidos, la muerte le había hecho perder a Pete un valioso prisionero.
Había ahora nuevos misterios para él, grandes misterios. Recordó ahora Pete a aquel bandido que echó a correr desde el escondite y que se perdió en la obscuridad trazando un círculo. La luna había hecho que brillara algo que llevaba en las manos, era un 45, pero ahora se preguntaba si aquel brillo procedería de las esposas.
¿Podría el hombre que decía llamarse Lafe Hendricks ser el mismo que saliera corriendo del escondite de los bandidos? Y, si era así, ¿por qué el que se declaraba asesino escapaba de sus compañeros?
¿Y qué clase de chino era el que había muerto? Tal vez no fuese uno de los miserables coolíes pasados de contrabando por la frontera, porque, de ser así, no habría atacado a nadie. Indudablemente debía tratarse de una especie de jefe oriental, el cabecilla o el segundo de la pandilla de contrabandistas.