El rancho del crimen
El rancho del crimen Hicks “Miserias” se estaba jugando la vida. Podía provocar el disparo de Fenwick, espoleando su vanidad y un tiro podía escribir la frase final del discurso pretencioso de Hicks “Miserias” en una fracción de segundo.
Este temor se puso aún más de relieve cuando oyó la voz sarcástica de Fenwick que decía:
—¡Ja! ¡Ja! ¡Oíd al carne de buitre cómo habla! Si yo fuese un buitre, Hicks no embotaría mi pico intentando hallar una molla tierna de carne, mezquino esqueleto!
—¿Si fueses un buitre?. ¡Eres un buitre, Fenwick! —contestó “Miserias”.
Pete seguía arrastrándose hacia la parte más lejana del corral. A pesar de los balidos del ganado, podía oír la conversación bastante clara.
“Miserias” sentía la proximidad de su jefe. El valiente barberillo procuraba distraer a su enemigo.
Otra vez oyó Pete reír sarcásticamente a Fenwick. Esto inyectó nueva esperanza en su corazón. Aquel ratoncillo humano estaba desembuchando toda su aversión a la ley sobre los dos comisarios prisioneros, pero aquel regodeo suyo era un elemento más a favor de los dos representantes de la ley. El deseo del bandido de dar a sus víctimas una tortura moral retrasaba la hora de su ejecución.