El trasgo del desierto
El trasgo del desierto EL RASTRO EXPLOSIVO
El rostro de Pete pareció cambiar y hacerse más viejo al picar de nuevo espuelas para que Sonny no acortara el paso. Sereno en la lucha, sereno en toda situación por emocionante que fuera, se pilló a sí misino mascullando imprecaciones contra los bandidos inhumanos que habían intentado asesinar al por mayor para que fuera mayor su botín.
Sus mandíbulas habían dejado de funcionar. Sus duros dientes parecían haberse quedado como pegados a la pastilla de goma de mascar. Experimentaba una horrible sensación de impotencia. El hecho de que ninguna otra persona —que un regimiento entero incluso— hubiera sido incapaz de mejorar la situación le resultaba muy poco consolador de momento.
Luego, los ojos del sheriff se volvieron de un azul de hielo. Las fosas nasales de la aguileña nariz se dilataron y contrajeron como las agallas de un pez. Las angulares mandíbulas se cuadraron y los labios que habían estado mascullando amenazas se cerraron con fuerza. Aun había una probabilidad —una probabilidad muy remota— de que llegaría a tiempo de hacer sentir el peso de su venganza a los asesinos. Tardarían un poco en forzar la caja de caudales del coche correo. Era el contenido de éste, naturalmente, lo que les habría atraído.
