El trasgo del desierto
El trasgo del desierto EL TRÁGICO INDICIO
El rostro de Pete adquiría una expresión dura.
—¡Picad espuelas, muchachos! —gritó.
Los caballos rompieron a galopar. El gemido continuó. Pete creyó oír disparos débilmente en la lejanía, pero no estaba seguro del todo. El gemido fue alejándose a medida que los tres jinetes cabalgaban. El último cartucho de dinamita había estallado ya, evidentemente. Pero Pete iba delante de sus compañeros. No tenía la seguridad absoluta y él era el que tenía más vista, para descubrir el chisporroteo de una mecha.
Siguieron avanzando. La posibilidad del combate encendía sus mejillas, más que el azote del viento. Pete llevaba la mirada fija en el suelo. El rastro era claro. Al cabo de una media hora, Sonny relinchó y Pete le hizo acortar la marcha con cautela. Sonny había olfateado algo, hombres, caballos, o ambas cosas. Los tres hombres llevaban ya los revólveres en la mano.
Sonny, volvió a relinchar, más fuerte aquella vez, y se oyeron relinchos en respuesta. Un momento después se encontraron con una manada de caballos sueltos, ensillados, pero sin jinete.
¡Los asesinos habían desaparecido!
