El trasgo del desierto

El trasgo del desierto

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—Me parece que comprendo por qué me interroga usted, sheriff —dijo—. No le guardo rencor, su obligación es desconfiar de todo el mundo. Pero... ¡qué rayos! ¡Nunca caería yo tan bajo como para asesinar a nadie! Ahora que está el muchacho muerto, el viejo Buckland me inspira cierta compasión, a pesar de lo cochinamente que se portó conmigo.

“Si alguna vez he deseado vengarme, bien vengado estoy ahora. ¿De qué le sirve a Tomás Buckland todo su dinero? No vivirá lo bastante para gastarlo. Esto le matará.

Pete guardó silencio un momento.

—Snag —dijo por fin—, usted ha estado por aquí mucho tiempo y ha estado vigilando a ese pobre muchacho. ¿Era muy jugador?

Parrish afirmó con la cabeza.

—Sí que lo era. Intentaba hacer jugar a la gente a un juego que él llamaba bridge. Pero cuando vio que la mayoría se empeñaba en jugar al póker, se puso él a jugarlo también. Es un jugador de cartas innato, perspicaz, igual que su padre.

—¿Jugaba mucho por aquí?

—Al principio, sí; pero últimamente parecía preferir jugare en Empalme del Desierto. Hay sitios más grandes y más elegantes allí. Acostumbraba jugar mucho en el Palacio del Desierto.


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