El trasgo del desierto
El trasgo del desierto EL TEJANO
Dode Leeming recobró el conocimiento y se encontró con que le estaban arrastrando por el suelo con una cuerda. Seguramente fue esto lo que le hizo volver en sí. Un hombre cobijado en la puerta de una tienda —algún vaquero, quizá— le había echado el lazo a los pies mientras yacía sin conocimiento, y le estaba arrastrando hacia lugar casi seguro.
Las balas de los bandidos llovían a todo su alrededor cuando, dando un último tirón, su salvador logró meterle por la puerta. Dode oía disparar varios revólveres por entre las detonaciones regulares de las armas automáticas.
Una vez en el interior del establecimiento, intentó ponerse en pie; pero se le doblaron das rodillas y volvió a caer.
—Cuidado, amigo —dijo una voz—. Está usted seguro aquí... de momento, por lo menos. Más vale que se esté quieto. Ha recibido usted un par de heridas.
Dode miró a su alrededor, aturdido. La tienda estaba sin luz, pero distinguió a un hombre muy alto y delgado, con zahones, que le miraba —su salvador— y la silueta de Carlos Cobb, propietario de la guarnicionería de la población.
