El trasgo del desierto

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CAPÍTULO IV

DISPAROS EN EL SAN SABA

Pete Rice era un verdadero torbellino cuando entraba en acción; pero nunca se metía de cabeza en nada. “Primero proyecta tu trabajo y luego trabaja tu proyecto” era una de sus máximas. Por consiguiente, aguardó hasta haberle sonsacado a Dode Leeming todos los detalles necesarios. En esto invirtió cerca de media hora; pero aun quedaban varias horas antes de que anocheciese.

Pete tenía el propósito de examinar la ruta seguida por los bandidos, y hacerlo antes de que obscureciera. Ningún hombre del Suroeste —ningún blanco por lo menos— le ganaba a leer rastros. Antes de buscar su caballo, sin embargo, se pasó otra media hora en Coatchie. Telegrafió a Quebrada del Buitre, ordenando a sus dos comisarios que acudiesen inmediatamente a Coatchie. Siguió a Grady sin que éste se diera cuenta, cuando entró en un salón a beberse un vaso de cerveza.

Grady parecía ser lo que decía y nada más. Su rostro parecía respirar franqueza y sus manos eran grandes y habían trabajado mucho, evidentemente, antes de que se metiera el hombre a vigilante. Hablaba con sencillez y convincentemente por añadidura.


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