El trasgo del desierto

El trasgo del desierto

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—Sí —reconoció—; y los zorros son muy astutos, lo que no impide que hallemos con frecuencia sus colas clavadas a la puerta de algún cobertizo. Hay algún medio de echarle el guante a esos individuos. Lo que hace falta es dar con él.

Estaba mirando hacia el Oeste, donde las nuevas vías del ferrocarril habían sido tendidas a través del desierto.

—Tal vez encontremos alguna pista cerca de la vía. ¿Cree usted que podrían haber hecho salir de estampía a sus caballos y subido a uno de esos trenes? Podían haberle apuntado al maquinista y haberle obligado á obedecerle.

Leeming movió negativamente la cabeza.

—No. Las huellas seguían paralelas al ferrocarril en efecto, un buen trecho. Pero no hubo ningún tren por aquí a esas horas.

—Probaremos otra teoría, pues —propuso Pete—. ¿Se acuerda del espolón de roca que hemos pasado a unas dos millas de aquí? Unos jinetes buenos y ágiles hubieran podido saltar de la silla y dejar que sus caballos siguieran adelante.

—Pero... ¿dónde se metieron los jinetes? —preguntó Dode Leeming.


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