La rebelión de Atlas
La rebelión de Atlas En Nueva York, las noticias eran sombrías. Los gobiernos habían intensificado su control sobre las industrias, aprobando leyes que obligaban a empresas como la de Rearden a compartir sus patentes. La más reciente, la “Ley de Igualdad de Recursos”, exigía que los empresarios entregaran sus innovaciones para que fueran distribuidas justamente entre los competidores menos exitosos.
Rearden recibió la noticia en su despacho, con la carta oficial temblando entre sus dedos. Dagny estaba allí, observándolo en silencio. Finalmente, rompió el silencio. —No puedes aceptar esto, Hank. Si lo haces, todo lo que has construido no tendrá sentido. Rearden alzó la vista, sus ojos duros como el metal que fabricaba. —No pienso entregarlo, Dagny. Pero ya no se trata solo de mi acero. Están destruyendo algo mucho más grande: el derecho a luchar por lo que uno crea.
El peso de esa verdad era aplastante. Mientras tanto, Ellis Wyatt enviaba telegramas desesperados: las operaciones en Colorado dependían de trenes que llegaran a tiempo y de materiales que pudieran mantenerse en funcionamiento. Pero los intentos del gobierno de controlar las industrias estaban creando un caos que ninguna habilidad podía superar.