La rebelión de Atlas
La rebelión de Atlas Dagny lo miró fijamente, luchando contra la misma desesperación que veía en Wyatt. —No puedes rendirte. Si lo haces, todo lo que hemos hecho habrá sido en vano. Wyatt dejó escapar una risa amarga. —¿En vano? Todo ya está en vano. Lo único que me detiene de quemarlo todo es la esperanza de que tú encuentres la manera de salvarlo.
Esa noche, Wyatt tomó una decisión. Al amanecer, las noticias recorrieron el país: las torres petroleras de Wyatt estaban ardiendo. Había encendido fuego en cada una de ellas antes de desaparecer sin dejar rastro.
El mundo lo tomó como un acto de desesperación, pero Dagny sabía que era un mensaje. Wyatt no había renunciado; se había retirado del juego. Había hecho lo único que podía hacer para impedir que otros se beneficiaran de su trabajo mientras lo destruían.
Esa imagen, de las llamas devorando el horizonte de Colorado, quedó grabada en la mente de Dagny mientras regresaba a Nueva York. La lucha no solo era contra un sistema corrupto; era contra una fuerza que parecía estar borrando todo lo bueno del mundo, y nadie sabía cómo detenerla.