Dios y el Estado
Dios y el Estado No era sólo la negación de todas las instituciones políticas, sociales y religiosas de la antiguerra: era el derrumbamiento absoluto del sentido común y de toda razón humana. El ser efectivamente existente, el mundo real, fue considerado en lo sucesivo como la nada; el producto de la facultad abstracta del hombre, la última, la suprema abstracción, en la que esa facultad, habiendo superado todas las cosas existentes y hasta las determinaciones más generales del ser real, tales como las ideas del espacio y del tiempo, no teniendo nada que superar ya, se reposa en la contemplación de su vacío y de la inmovilidad absoluta; esta abstracción, este caput mortum absolutamente vacío de todo contenido, el verdadero nada, dios, es proclamado el único real, eterno, omnipotente. El Todo real es declarado nulo, y el nulo absoluto es declarado el Todo. La sombra se convierte en el cuerpo, y el cuerpo se desvanece como una sombra.[10]
Eso fue de una audacia y de una absurdidez inauditas, el verdadero escándalo de la fe, el triunfo de la tontería creyente sobre el espíritu, para las masas; y para algunos, la ironía triunfante de un espíritu fatigado, corrompido, desilusionado y disgustado de la investigación honesta y seria de la verdad; la necesidad de aturdirse y de embrutecerse, necesidad que se encuentra a menudo en los espíritus extenuados: Credo quia absurdum.