Dios y el Estado
Dios y el Estado No fue por su parte una amplia imitación de las costumbres aristocráticas, era al mismo tiempo una necesidad de posición. El proletariado le habÃa hecho un último servicio, ayudándola a derribar una vez más a la nobleza. Ahora, la burguesÃa no tenÃa necesidad de su ayuda, porque se sentÃa sólidamente sentada a la sombra del trono de junio, y la alianza del pueblo, desde entonces inútil, comenzaba a hacérsele incómoda. Era preciso volverlo a su puesto, lo que no podÃa hacerse naturalmente sin provocar una gran indignación en las masas. Se hizo necesario contenerlas. ¿Pero en nombre de qué? ¿En nombre del interés burgués crudamente confesado? Eso hubiese sido demasiado cÃnico. Cuanto más injusto e inhumano es un interés, más necesidad tiene de ser sancionado; y ¿dónde hallar la sanción sino en la religión, esa buena protectora de todos los hartos, y esa consoladora tan útil de todos los que tienen hambre? Y más que nunca, la burguesÃa triunfante sintió que la religión era absolutamente necesaria para el pueblo.