Dios y el Estado
Dios y el Estado Su culto incondicional del Estado, en apariencia al menos tan completamente opuesto a sus máximas liberales, se explica de dos maneras: primero prácticamente, por los intereses de su clase, pues la inmensa mayorÃa de los liberales doctrinarios pertenecen a la burguesÃa. Esa clase tan numerosa y tan respetable no exigirÃa nada mejor que se le concediese el derecho o, más bien, el privilegio de la más completa anarquÃa; toda su economÃa social, la base real de su existencia polÃtica, no tiene otra ley, como es sabido, que esa anarquÃa expresada en estas palabras tan célebres: «Laissez faire et laissez passer». Pero no quiere esa anarquÃa más que para sà misma y sólo a condición de que las masas, «demasiado ignorantes para disfrutarla sin abusar», queden sometidas a la más severa disciplina del Estado. Porque si las masas, cansadas de trabajar para otros, se insurreccionasen, toda la existencia polÃtica y social de la burguesÃa se derrumbarÃa.
Vemos también en todas partes y siempre que, cuando la masa de los trabajadores se mueve, los liberales burgueses más exaltados se vuelven inmediatamente partidarios tenaces de la omnipotencia del Estado. Y como la agitación de las masas populares se hace de dÃa en dÃa un mal creciente y crónico, vemos a los burgueses liberales, aun en los paÃses más libres, convertirse más y más al culto del poder absoluto.