Dios y el Estado
Dios y el Estado Hay sin duda en toda clase y en todo partido un grupo más o menos numeroso de explotadores inteligentes, audaces y conscientemente deshonestos, llamados hombres fuertes, libres de todo prejuicio intelectual y moral, igualmente indiferentes frente a todas las convicciones y que se sirven de todos si es necesario para llegar a su fin. Pero esos hombres distinguidos forman siempre en las clases más corrompidas sólo una minorÃa muy Ãnfima; la multitud es tan carneril en ellas como en el pueblo mismo.
Sufre naturalmente la influencia de sus intereses que le hacen de la reacción una condición de existencia. Pero es imposible admitir que, al esgrimir la reacción, no obedezca más que a un sentimiento de egoÃsmo. Una gran masa de hombres, aun pasablemente corrompidos, cuando obra colectivamente no podrÃa ser tan depravada. Hay en toda asociación numerosa —y con más razón en asociaciones tradicionales, históricas, como las clases, aunque hayan llegado hasta el punto de haberse vuelto absolutamente maléficas y contrarias al interés y al derecho de todo el mundo— un principio de moralidad, una religión, una creencia cualquiera, sin duda muy poco racional, la mayor parte de las veces ridÃcula y por consiguiente muy estrecha, pero sincera, y que constituye la condición moral indispensable de su existencia.