Dios y el Estado

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Tal fue el primer dios, de tal modo rudimentario, es verdad, que el salvaje que lo busca por todas partes para conjurarlo cree encontrarlo a veces en un trozo de madera, en un trapo, en un hueso o en una piedra: ésa fue la época del fetichismo del que encontramos aún vestigios en el catolicismo.

Fueron precisos aún siglos, sin duda, para que el hombre salvaje pasase del culto de los fetiches inanimados al de los fetiches vivos, al de los brujos. Llega a él por una larga serie de experiencias y por el procedimiento de la eliminación: no encontrando la potencia temible que quería conjurar en los fetiches, la busca en el hombre-dios, el brujo.

Más tarde y siempre por ese mismo procedimiento de eliminación y haciendo abstracción del brujo, de quien por fin la experiencia le demostró la impotencia, el salvaje adoró sucesivamente todos los fenómenos más grandiosos y terribles de la naturaleza: la tempestad, el trueno, el viento y, continuando así, de eliminación en eliminación, ascendió finalmente al culto del sol y de los planetas. Parece que el honor de haber creado ese culto pertenece a los pueblos paganos.



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