Dios y el Estado
Dios y el Estado Resultó de esto que cuanto más se enriqueció el cielo —la habitación de la divinidad—, más miserable se volvió la tierra; y bastaba que una cosa fuese adorada en el cielo, para que todo lo contrario de esa cosa se encontrase realizada en este bajo mundo. Eso es lo que se llama ficciones religiosas; a cada una de esas ficciones corresponde, se sabe perfectamente, alguna realidad monstruosa; asÃ, el amor celeste no ha tenido nunca otro efecto que el odio terrestre, la bondad divina no ha producido sino el mal, y la libertad de dios significa la esclavitud aquà abajo. Veremos pronto que lo mismo sucede con todas las ficciones polÃticas y jurÃdicas, pues unas y otras son por lo demás consecuencias o transformaciones de la ficción religiosa. La divinidad asumió de repente ese carácter absolutamente maléfico. En las religiones panteÃstas del Oriente, en el culto de los brahmanes y en el de los sacerdotes de Egipto, tanto como en las creencias fenicias y sirÃacas, se presenta ya bajo un aspecto bien terrible. El Oriente fue en todo tiempo y es aún hoy, en cierta medida al menos, la patria de la divinidad despótica, aplastadora y feroz, negación del espÃritu de la humanidad. Ésa es también la patria de los esclavos, de los monarcas absolutos y de las castas.