Dios y el Estado
Dios y el Estado Es evidente que este terrible misterio es inexplicable, es decir que es absurdo, porque lo absurdo es lo único que no se puede explicar. Es evidente que el que tiene necesidad de él para su dicha, para su vida, debe renunciar a su razón y, volviendo si puede a la fe ingenua, ciega, estúpida, repetir con Tertuliano y con todos los creyentes sinceros, estas palabras que resumen la quintaesencia misma de la teología: Credo quia absurdum. Entonces toda discusión cesa, y no queda más que la estupidez triunfante de la fe. Pero entonces se promueve también otra cuestión: ¿Cómo puede nacer en un hombre inteligente e instruido la necesidad de creer en ese misterio?