Dios y el Estado

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El pueblo, en ese sistema, será el escolar y el pupilo eterno. A pesar de su soberanía completamente ficticia, continuará sirviendo de instrumento a pensamientos, a voluntades y por consiguiente también a intereses que no serán los suyos. Entre esta situación y la que llamamos de libertad, de verdadera libertad, hay un abismo. Habrá, bajo formas nuevas, la antigua opresión y la antigua esclavitud, y allí donde existe la esclavitud, están la miseria, el embrutecimiento, la verdadera materialización de la sociedad, tanto de las clases privilegiadas como de las masas.

Al divinizar las cosas humanas, los idealistas llegan siempre al triunfo de un materialismo brutal. Y esto por una razón muy sencilla: lo divino se evapora y sube hacia su patria, el cielo, y lo brutal queda solamente en la tierra.

Sí, el idealismo en teoría tiene por consecuencia necesaria el materialismo más brutal en la práctica; no sin duda para aquellos que lo predican de buena fe —el resultado ordinario para ellos es ver atacados de esterilidad todos sus esfuerzos—, sino para los que se esfuerzan por realizar sus preceptos en la vida, para la sociedad entera, en tanto que se deja dominar por las doctrinas idealistas.


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