Alberto Savarus y otras historias
Alberto Savarus y otras historias —Bueno, hijos mÃos —repuso Servin—, ¿creéis que todo esto va a las mil maravillas? Pues bien, os equivocáis.
Los dos amantes le miraron con asombro.
—Tranquilizaos; yo soy el único a quien vuestra picardÃa pone un poco en apuros. La señora Servin es algo puritana, y en verdad que no sé cómo nos las arreglaremos con ella.
—¡Santo cielo! —exclamó Ginevra—. Ya lo olvidaba. Mañana, la señora Roguin y la madre de Laura deben venir a veros…
—Comprendo —la interrumpió el pintor.
—Pero vos podéis justificaros —repuso la joven con un gesto lleno de orgullo—. El señor Luis —dijo volviéndose hacia el joven y mirándole con picardÃa— ya no debe sentir antipatÃa hacia el Gobierno real, ¿no es cierto? Bien —repuso al ver que sonreÃa—, mañana por la mañana enviaré una petición a uno de los personajes más influyentes del Ministerio de la Guerra, a un hombre que no puede negarle nada a la hija del barón de Piombo. Obtendremos un tácito perdón para el comandante Luis, porque ellos no querrán reconoceros el grado de jefe de escuadrón. Y vos podréis —añadió dirigiéndose a Servin— confundir a las madres de mis caritativas compañeras diciéndoles la verdad.
—¡Sois un ángel! —exclamó Servin.
LA DESOBEDIENCIA
