Alberto Savarus y otras historias

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Sin embargo, pronto vino la previsión a sacar a los recién casados de su edén; habíase hecho necesario trabajar para vivir. Ginevra, que poseía un talento particular para imitar los viejos cuadros, púsose a hacer copias y formose una clientela entre los revendedores. Por su parte, Luigi buscó muy activamente ocupación; pero resultaba muy difícil para un joven oficial, cuyo talento limitábase a conocer la estrategia, el encontrar empleo en París. Finalmente, un día en que, cansado de sus vanos esfuerzos, llevaba la desesperación en el alma al ver que el fardo de la existencia de ambos recaía por entero sobre Ginevra, pensó en sacar partido de su escritura, que era muy bella. Con una constancia cuyo ejemplo le era dado por su esposa, fue a pedir trabajo a los abogados, a los notarios de París. La franqueza de sus maneras y su situación intercedieron vivamente en su favor, y obtuvo un número suficientemente grande de encargos como para verse obligado a hacerse ayudar por otros dos jóvenes. Poco a poco fue encargándose de las escrituras en grande. El producto de esta oficina y el dinero que cobraba Ginevra por sus cuadros elevaron a la joven pareja al nivel de un desahogo económico que les hizo sentirse orgullosos de sí mismos, porque su bienestar provenía de su propia diligencia. Aquél fue para ellos el momento más hermoso de su existencia. Los días transcurrían rápidamente entre las ocupaciones y las alegrías del amor. Por la tarde, después de haber trabajado intensamente, reuníanse felizmente en el gabinete de Ginevra. La música les consolaba de sus fatigas. Jamás una expresión de melancolía vino a oscurecer los rasgos de la joven, y jamás se permitió ella una queja. Sabía aparecer siempre ante Luigi con la sonrisa en los labios y los ojos radiantes. Ambos acariciaban una idea dominante que les habría hecho encontrar placer en las tareas más rudas: Ginevra decíase a sí misma que ella trabajaba para Luigi, y Luigi para Ginevra. A ve ces, en ausencia de su marido, la joven pensaba en la felicidad perfecta de que habría podido gozar si esta vida de amor hubiera transcurrido en armonía con su padre y su madre; caía entonces en una melancolía profunda, sintiendo la fuerza de los remordimientos; sombríos cuadros pasaban fugazmente por su imaginación: veía a su anciano padre solo, o a su madre llorando y escondiendo sus lágrimas al inexorable Piombo; aquellas dos cabezas blancas y graves erguíanse de repente ante ella, y parecíale que ya no había de contemplarlas más que a la luz fantástica del recuerdo. Esta idea la perseguía como un presentimiento. Celebró el aniversario de su boda dando a su marido un retrato que él había deseado a menudo, el de su Ginevra. Nunca la joven artista había realizado nada tan notable. Aparte de un parecido perfecto, el esplendor de su belleza, la pureza de sus sentimientos, la felicidad del amor estaban allí reproducidos con una especie de magia. La obra maestra fue inaugurada. Pasaron aún otro año en el seno del bienestar. La historia de su vida en aquel entonces puede condensarse en dos palabras: eran felices. No les ocurrió ningún hecho que merezca relatarse.


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