Alberto Savarus y otras historias
Alberto Savarus y otras historias »Amado esposo, me has preguntado la causa de mi tristeza: ¿es que ha pasado de mi alma a mi rostro, o es que tan sólo la has adivinado? ¿Y por qué no habría de ser así? ¡Estamos tan unidos de corazón! Por otra parte, yo no sé mentir, ¿y es quizás esto una desgracia? Una de las condiciones de la mujer amada es la de ser siempre cariñosa y alegre. Tal vez debería yo engañarte; pero no quisiera hacerlo, aun cuando se tratase de aumentar o de conservar la felicidad que me das, que me prodigas, con la que tú me abrumas. ¡Oh, querido, cuánto agradecimiento comporta mi amor! Así, quiero amarte siempre, sin límite. Sí, quiero estar siempre orgullosa de ti. Nuestra gloria está toda entera en la persona que amamos. La estima, la consideración, el honor, ¿no pertenece todo ello a aquel que todo lo ha tomado de nosotros? Pues bien, mi ángel ha caído. Sí, cariño, tu última confidencia ha enturbiado mi felicidad pasada. Desde este momento yo me encuentro humillada en ti; en ti, a quien consideraba como el más puro de los hombres, como el más amante, el más cariñoso. Hay que tener mucha confianza en tu corazón para hacerte una confesión que me cuesta un horrible esfuerzo. ¡Cómo, pobre ángel mío, es posible que tu padre haya robado su fortuna, que tú lo sepas y aun la retengas! ¡Y me has contado este hecho en un aposento que está lleno de testigos mudos de nuestro amor, y tú eres un gentilhombre, y te crees noble, y me posees, y tienes veintidós años! ¡Cuántas monstruosidades! Te he buscado disculpas, he atribuido tu despreocupación a tu juventud aturdida. Sé que hay mucho de niño en ti. Quizá no hayas pensado aún muy en serio lo que es la fortuna y la probidad. ¡Oh, cuánto mal me hizo tu risa! Piensa, pues, que existe una familia arruinada, siempre sumida en llanto, unos jóvenes que quizá te maldicen todos los días, un anciano que cada noche se dice: “Yo no carecería de pan si el padre del señor Camps no hubiera sido una mala persona”.