Alberto Savarus y otras historias
Alberto Savarus y otras historias LOS PAZ
—Ahà está Paz —dijo el conde al oÃr unos pasos que resonaban en la galerÃa.
La condesa vio entrar a un hombre alto y apuesto, de cuerpo bien proporcionado, que reflejaba en su rostro las huellas de aquella dulzura que es fruto de la fuerza y del infortunio. Paz se habÃa puesto apresuradamente una de esas levitas ceñidas, con alamares sujetos por medio de botones ovalados, que antaño recibÃan el nombre de polacas. Unos abundantes cabellos negros bastante mal peinados enmarcaban su cabeza cuadrada, y Clementina pudo ver, reluciente como un bloque de mármol, una frente ancha, ya que Paz tenÃa en la mano una gorra con visera. Esta mano parecÃase a la del grupo escultórico de Hércules con el Niño. La salud más robusta florecÃa en aquel semblante cuya gran nariz romana le recordó a Clementina los apuestos jóvenes de Trastevere. Una corbata de tafetán negro acababa de conferir un aire marcial a aquel hombre misterioso. La anchura del pantalón, que no dejaba ver más que la punta de las botas, revelaba que Paz profesaba culto a las modas de Polonia. Realmente, para una mujer de temperamento novelesco, tenÃa que haber algo burlesco en el contraste tan pronunciado que se observaba entre el capitán y el conde, entre aquel polaco bajito y enclenque y aquel apuesto militar, entre aquel palaciego y aquel paladÃn.
