Alberto Savarus y otras historias
Alberto Savarus y otras historias —No se ha acostado todavía —dijo la condesa viendo luz en la ventana de Tadeo cuando el coche estuvo bajo el pórtico de columnas copiadas de las de las Tullerías y que sustituía a la vulgar marquesina de cinc.
MÁLAGA
El capitán, con una bata, con una pipa en la mano, miraba a Clementina, que entraba en el vestíbulo. La jornada había sido dura para él. Tadeo había sentido palpitar terriblemente el corazón el día en que, habiéndole conducido Adán a los Italianos para que pudiera darle su opinión, vio por primera vez a la señorita de Rouvre; luego, cuando volvió a verla en la alcaldía de Santo Tomás de Aquino, reconoció en ella a esa mujer a la que todo hombre debe amar exclusivamente, ya que el propio don Juan preferiría una en las mille e tre! Así, aconsejó vivamente que hicieran el clásico viaje de novios después de la boda. Casi tranquilo durante el tiempo que duró la ausencia de Clementina, sus sufrimientos comenzaron de nuevo cuando regresó la pareja. Ahora bien, he aquí lo que estaba pensando mientras fumaba su pipa, un regalo de Adán:
«¡Sólo Dios y yo, el cual me premiará el haber sufrido en silencio, debemos saber hasta qué punto la amo! Pero ¿cómo hacer para no tener ni su amor ni su odio?».
