Cuentos filosoficos
Cuentos filosoficos En 1617, veintitantos años después de la horrible noche durante la cual Étienne fue traído al mundo, el duque de Hérouville, a la sazón de setenta y seis años[146], viejo, roto, casi muerto, estaba sentado a la puesta del sol en un inmenso sillón, ante la ventana de ojiva de su dormitorio, en el lugar desde el que otrora había reclamado la condesa tan en vano, mediante los sonidos del cuerno perdidos por los aires, el auxilio de los hombres y del cielo. Hubieran dicho ustedes un auténtico desecho funerario. Su enérgico rostro, despojado de su aspecto siniestro por el sufrimiento y por la edad, tenía un color macilento acorde con los largos mechones de canas que caían alrededor de su calva cabeza, cuyo cráneo amarillo parecía débil. La guerra y el fanatismo brillaban aún en aquellos ojos amarillos, si bien atemperados por un sentimiento religioso. La devoción arrojaba un tinte monástico en aquel rostro, antaño tan duro y ahora marcado por tintes que dulcificaban su expresión. Los reflejos del poniente coloreaban con un suave resplandor rojo aquella cabeza aún vigorosa. El cuerpo debilitado, envuelto en ropas pardas, acababa, mediante su pose pesada, mediante la privación de todo movimiento, de pintar la existencia monótona, el reposo terrible de aquel hombre, otrora tan emprendedor, tan lleno de odio, tan activo.
—Basta —dijo a su capellán.
