Cuentos filosoficos
Cuentos filosoficos Existe una especie de hombres que la Civilización obtiene en el reino social, igual que los floristas crean en el reino vegetal, mediante el cultivo de invernadero, una especie híbrida que no pueden reproducir ni por siembra ni por esqueje. Ese hombre es el cajero[390], auténtico producto antropomorfo, regado por las ideas religiosas, mantenido por la guillotina, podado por el vicio, y que crece en un tercer piso[391] entre una estimable mujer y unos enojosos niños. El número de los cajeros en París será siempre un problema para el fisiólogo. ¿Ha comprendido alguien alguna vez los términos de la ecuación cuya X conocida es un cajero? ¿Hallar un hombre que esté sin cesar en presencia de la fortuna como un gato delante de un ratón enjaulado[392]?. ¿Hallar un hombre que tenga la propiedad de permanecer sentado en un sillón de caña, en una celdilla enrejada, sin poder dar en ella más pasos que un teniente de navío en su cabina, durante las siete octavas partes del año y durante entre siete y ocho horas diarias? ¿Encontrar un hombre que no se anquilose en ese oficio ni las rodillas ni las apófisis de la pelvis? ¿Un hombre que tenga la grandeza suficiente para ser pequeño? ¿Un hombre que pueda asquearse del dinero a fuerza de manejarlo? Pídanle este producto a cualquier Religión, a cualquier Moral, a cualquier Colegio, a cualquier Institución, y denles París[393], esa ciudad de tentaciones, esa sucursal del infierno, como medio en el que será plantado el cajero. Pues bien, desfilarán uno tras otro las Religiones, los Colegios, las Instituciones, las Morales, vendrán a ustedes todas las Leyes grandes y pequeñas como viene un amigo íntimo al que piden ustedes un billete de mil francos. Adoptarán un aire de duelo, se untarán la cara de afeites, les mostrarán a ustedes la guillotina, igual que su amigo les indicará la morada del usurero o una de las cien puertas del hôpital[394]. No obstante, la naturaleza moral tiene sus caprichos, se permite producir aquí y allá personas honradas y cajeros[395]. Por lo mismo, esos corsarios a los que condecoramos con el nombre de banqueros y que toman una licencia de mil escudos igual que un pirata toma sus patentes de corso[396], tienen tal veneración por esos singulares productos de las incubaciones de la virtud, que los enjaulan en habitáculos con el fin de conservarlos igual que los Gobiernos conservan los animales curiosos. Si el cajero tiene imaginación, si el cajero tiene pasiones, o si el cajero más perfecto ama a su mujer, y esa mujer se aburre, tiene ambición o simplemente vanidad, el cajero se disuelve. Indaguen en la historia de la caja: no citarán un solo ejemplo del cajero que consigue lo que se llama una posición. Van a presidio, van al extranjero o vegetan en algún segundo piso, en la calle Saint-Louis, en el Marais[397]. Cuando los cajeros parisinos hayan reflexionado sobre su intrínseco valor, un cajero tendrá un precio exorbitante. Cierto es que algunas personas no pueden ser más que cajeros, como otros son invenciblemente bribones[398]. ¡Extraña civilización! La Sociedad concede a la Virtud cien luises de renta para su vejez, un segundo piso, pan a discreción, unos cuantos pañuelos de cuello nuevos, y una anciana acompañada de sus hijos. En cuanto al Vicio, si alguna osadía tiene, si puede sortear hábilmente un artículo del Código igual que Turenne sorteaba a Montécuculli[399], la Sociedad legitima sus millones robados, le arroja lazos, lo rellena de honores y lo abruma con consideraciones. El Gobierno, por otro lado, está en armonía con esta Sociedad profundamente ilógica. El Gobierno recluta de entre las jóvenes inteligencias, entre los dieciocho y los veinte años, una quinta de talentos precoces; desgasta mediante un trabajo prematuro grandes cerebros a los que convoca con el fin de escogerlos en la tabla, igual que hacen los jardineros con sus semillas. Adiestra en ese oficio a tribunales sopesadores de talentos que contrastan los cerebros igual que se contrasta el oro en la Fábrica de la Moneda. Después, de las quinientas cabezas calentadas en la esperanza que la más avanzada población le da anualmente, acepta un tercio, lo mete en grandes sacos llamados sus Escuelas, y en ellas lo remueve durante tres años. Aunque cada uno de estos injertos representa enormes capitales, por así decir, los convierte en cajeros; los llama ingenieros ordinarios, los emplea como capitanes de artillería; en fin, les asegura lo más elevado de cuanto existe en los grados subalternos. Después, cuando esos hombres de primera, cebados de matemáticas y atiborrados de ciencia, han alcanzado la edad de cincuenta años, les procura como recompensa por sus servicios el tercer piso, la mujer acompañada de niños y todas las delicias de la mediocridad. ¿No es un milagro que de ese Tontipueblo se escapen cinco o seis hombres superiores que escalan las cúspides sociales?