Cuentos filosoficos
Cuentos filosoficos Un oscuro día de otoño, hacia las cinco de la tarde, el cajero de una de las más sólidas casas de banca de París se hallaba aún trabajando al resplandor de una lámpara encendida ya desde hacía algún tiempo. Siguiendo los usos y costumbres del comercio, la caja estaba situada en la parte más oscura de un entresuelo angosto y de baja estofa. Para llegar a él, era preciso atravesar un pasillo iluminado por tragaluces de medianería, y que seguía la hilera de los despachos cuyas puertas etiquetadas parecían las de un establecimiento de baños. El portero llevaba diciendo flemáticamente desde las cuatro, según su consigna: La caja está cerrada. En aquel momento, los despachos estaban desiertos, los correos despachados, los empleados se habían ido, las mujeres de los jefes de la casa esperaban a sus amantes, los dos banqueros estaban cenando en casa de las suyas. Todo estaba en orden. El sitio en el que se habían precintado a fuerza de hierro las cajas fuertes se encontraba detrás del habitáculo enrejado del cajero, seguramente ocupado en hacer caja. El mostrador abierto permitía ver un armario de hierro moteado por el martillo, que, gracias a los descubrimientos de la cerrajería moderna, pesaba de tal manera que los ladrones no se lo hubiesen podido llevar. Aquella puerta tan solo se abría a la voluntad de aquel que sabía escribir las palabras reglamentarias cuyo secreto conservan las letras de la cerradura sin dejarse corromper, hermosa realización del ¡Sésamo, ábrete! de Las mil y una noches[402]. Y aun aquello no era nada. Aquella cerradura soltaba un trabucazo a la cara de aquel que, habiendo sorprendido la contraseña, ignoraba un último secreto, la ultima ratio del dragón de la Mecánica. La puerta de la habitación, las paredes de la habitación, los postigos de las ventanas de la habitación, toda la habitación estaba provista de láminas de chapa de cuatro líneas[403] de grosor, disimuladas por un ligero revestimiento de madera. Aquellos postigos habían sido corridos, aquella puerta había sido cerrada. Si alguna vez pudo un hombre creerse en una soledad profunda y lejos de todas las miradas, ese hombre era el cajero de la casa Nucingen y compañía, en la calle Saint-Lazare[404]. De modo que reinaba el mayor silencio en aquella cueva de hierro. La salamandra apagada arrojaba ese tibio calor que produce, sobre el cerebro, los pastosos efectos y la nauseabunda desazón que causa una orgía en su día siguiente. La salamandra duerme, alela y contribuye singularmente a cretinizar a porteros y empleados. Una habitación con salamandra es un matraz en el que se disuelven los hombres de energía, en el que se enflaquecen sus resortes, en el que se desgasta su voluntad[405]. Las Oficinas son la gran fábrica de las mediocridades necesarias a los Gobiernos para mantener el feudalismo del dinero en el que descansa el contrato social actual. (Véase Los empleados)[406]. El calor mefítico que produce en ellas una reunión de hombres no es una de las menores razones del progresivo abastardamiento de las inteligencias, el cerebro del que se desprende la mayor cantidad de ázoe acaba, a la larga, asfixiando a los demás[407].