Cuentos filosoficos

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DE CÓMO VIVIÓ LA MADRE

En una noche de invierno y hacia las dos de la madrugada, la condesa Jeanne de Hérouville[61] experimentó unos dolores tan fuertes que, a pesar de su inexperiencia, presintió un próximo parto; y ese instinto que nos hace esperar lo mejor en un cambio de postura le aconsejó incorporarse hasta quedar sentada, bien fuera ello para estudiar la naturaleza de unos dolores totalmente novedosos, bien para reflexionar sobre su situación. Era presa de crueles temores, causados no tanto por los riesgos de un primer parto, del que se espantan la mayoría de las mujeres, cuanto por los peligros que esperaban a la criatura. Para no despertar a su marido, acostado junto a ella, la pobre mujer tomó unas precauciones a las que un profundo terror volvía tan minuciosas como pueden serlo las de un prisionero que se fuga. Por más que los dolores se fueran haciendo cada vez más intensos, ella dejó de sentirlos, de tanto como concentró sus fuerzas en la penosa empresa de apoyar en la almohada sus dos manos trasudadas, para hacer que su dolorido cuerpo abandonase la postura en la que se encontraba sin energía. Al menor crujido del inmenso cubrecama de moaré verde bajo el que muy poco había dormido desde su boda, se detenía como si hubiese tañido una campana. Obligada a espiar al conde, repartía su atención entre los pliegues de la chillona tela y un ancho rostro curtido cuyos bigotes le rozaban el hombro. Si venía a exhalarse de los labios de su marido alguna respiración en exceso ruidosa, le inspiraba repentinos temores que reavivaban el brillo del bermellón extendido sobre sus mejillas por su doble angustia. No es más tímidamente audaz el criminal llegado nocturnamente[62] hasta la puerta de su cárcel, y que intenta girar sin ruido en una despiadada cerradura la llave que se ha encontrado. Cuando la condesa se vio sentada sin haber despertado a su guardián, dejó escapar un gesto de alegría infantil en el que se revelaba la conmovedora ingenuidad de su carácter; pero la sonrisa a medio formar en sus labios encendidos fue prontamente reprimida: un pensamiento vino a ensombrecer su frente pura, y sus rasgados ojos azules recuperaron su expresión de tristeza. Lanzó un suspiro y volvió a colocar las manos, no sin prudentes precauciones, en la infausta almohada conyugal. Después, como si por primera vez desde su matrimonio se hallara libre de sus acciones y de sus pensamientos, miró las cosas de su alrededor estirando el cuello con leves movimientos parecidos a los de un pájaro enjaulado. Al verla así, fácilmente se hubiese adivinado que no hacía mucho era toda alegría y toda retozar; pero que, súbitamente, el destino había hecho agosto de sus primeras esperanzas y cambiado su ingenuo júbilo por melancolía.


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