Cuentos filosoficos

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La calle Feydeau es, como los paseantes ociosos saben, una de esas calles que les encantan a los jóvenes que, a falta de una amante, se casan con todo el sexo. En el primer piso de la casa más burguesamente decente, residía una de esas deliciosas criaturas a las que el cielo se complace en colmar con las más exóticas bellezas, y que, no pudiendo ser ni duquesas ni reinas, porque hay muchas más mujeres guapas que títulos y tronos, se conforman con un agente de cambio o un banquero, cuya felicidad hacen a precio fijo. Aquella buena y guapa muchacha, llamada Euphrasie, era el objeto de la ambición de un pasante de notario desmesuradamente ambicioso. En efecto, el segundo pasante de Maese Crottat, notario, estaba enamorado de aquella mujer como está enamorado un joven a los veintidós años[523]. Aquel pasante hubiera asesinado al papa y al sacro colegio cardenalicio con el fin de procurarse una miserable suma de quinientos luises, reclamada por Euphrasie para un chal que le tenía sorbido el seso, y a cambio del cual su camarera se la tenía prometida a ella al pasante. El enamorado iba y venía por delante de las ventanas de la Sra. Euphrasie, como van y vienen los osos blancos en su jaula, en el Jardín Botánico[524]. Llevaba la mano derecha metida debajo del chaleco, sobre el seno izquierdo, y quería desgarrarse el corazón, pero de momento no hacía más que retorcer los elásticos de los tirantes[525].


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