Cuentos filosoficos

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Consumado el pacto, el rabioso pasante fue a buscar el chal, subió a casa de la Sra. Euphrasie; y, como tenía el diablo en el cuerpo, allí se quedó doce días sin salir gastándose el paraíso entero, y no pensando sino en el amor y en sus orgías, en medio de las cuales se anegaba el recuerdo del infierno y de sus privilegios.

Así se perdió el enorme poder conquistado por el descubrimiento del irlandés, hijo del reverendo Maturin[529].

Les fue imposible a algunos orientalistas, a místicos, a arqueólogos ocupados en cosas de estas, comprobar históricamente la manera de evocar al demonio. He aquí por qué.

Al decimotercer día de sus rabiosas bodas, el pobre pasante yacía en su camastro, en casa de su patrón, en un desván de la calle Saint-Honoré[530]. La Vergüenza, esa estúpida diosa que no se atreve a mirarse a sí misma, se apoderó del joven, que se puso enfermo, quiso cuidarse a sí mismo y se equivocó de dosis al tomar una droga curativa debida al genio de un hombre muy conocido por las paredes de París[531]. De modo que el pasante reventó bajo el peso del azogue, y su cadáver se volvió negro como el lomo de un topo. Ciertamente había pasado un diablo por allí, pero ¿cuál? ¿Astaroth[532]?.


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