Cuentos filosoficos

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—¿El demonio? —prosiguió Genovese—, digan el dios de la música. Mis ojos, como los de santa Cecilia, distinguen ángeles que, con el dedo, me hacen seguir una a una las notas de la partitura escrita en trazos de fuego, y estoy intentando luchar con ellos. Per Dio, ¿no me entienden? El sentimiento que me anima se me ha metido en todo el ser; en el corazón y en los pulmones. Mi alma y mi garganta no forman más que un hálito. ¿No han escuchado nunca en sueños músicas sublimes, pensadas por compositores desconocidos, que emplean ese sonido puro que la naturaleza ha puesto en todas las cosas, y que nosotros despertamos más o menos bien mediante los instrumentos con los que componemos masas coloreadas[768], pero que, en esos conciertos maravillosos, se produce desprendido de las imperfecciones que en él ponen los ejecutantes, no pueden[769] ser todo sentimiento, todo alma?… pues bien, ¡esas maravillas se las estoy dando yo, y usted me maldice! Está usted tan loco como la platea de la Fenice, que me ha silbado. Yo despreciaba a ese vulgar por no poder subir conmigo a la cima desde la que se domina el arte, y a hombres notables corresponde, a un francés… ¡Anda, si se ha marchado!

—Hace media hora —dijo Vendramin.

—¡Qué le vamos a hacer!, quizá él me hubiera comprendido, ya que no me comprenden los dignos italianos enamorados del arte…


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