Cuentos filosoficos
Cuentos filosoficos Hacia finales del año 1612, una fría mañana de diciembre, un muchacho cuyas ropas eran de muy flaca apariencia se paseaba ante la puerta de una casa situada en la calle de los Grands-Augustins[786], en París. Tras haber andado mucho rato por aquella calle con la irresolución de un enamorado que no se atreve a presentarse en casa de su primera amante, por fácil que esta sea, acabó por franquear el umbral de aquella puerta, y preguntó si estaba en casa maese François Porbus[787]. A la respuesta afirmativa que le dio una anciana ocupada en barrer una sala baja, el muchacho subió despacio los peldaños y se fue deteniendo de escalón en escalón, como cualquier cortesano de fecha reciente preocupado por la acogida que le va a dispensar el Rey. Cuando llegó a lo alto del caracol, se quedó un rato en el rellano, inseguro de si tomaría el grotesco llamador que adornaba la puerta del taller en el que seguramente estaría trabajando el pintor de Enrique IV, abandonado en favor de Rubens por María de Medici[788]. El joven experimentaba esa sensación profunda que ha debido de hacer vibrar el corazón de los grandes artistas cuando, en lo álgido de la juventud y de su amor por el arte, han abordado a un hombre de genio o alguna obra maestra. En todos los sentimientos humanos existe una flor primitiva, engendrada por un noble entusiasmo que se va debilitando progresivamente, hasta que la felicidad ya no es otra cosa que un recuerdo y la gloria una mentira. Entre nuestras emociones frágiles, nada se parece al amor como la joven pasión de un artista que inicia el delicioso suplicio de su destino de gloria y desdicha, pasión llena de audacia y de timidez, de creencias difusas y de desánimos ciertos. A aquel que, escaso de dinero, que, adolescente de genio, no ha palpitado intensamente al presentarse ante un maestro, siempre le faltará una cuerda en el corazón, no sé qué pincelada, un sentimiento en la obra, cierta expresión de poesía. Si bien algunos fanfarrones pagados de sí mismos creen demasiado pronto en el porvenir, tan solo son personas superiores para los necios. En este caso, el joven desconocido parecía tener mérito auténtico, si es que el talento ha de medirse por esa primera timidez, por ese indefinible pudor que la gente destinada a la gloria sabe perder en el ejercicio de su arte, como las mujeres bonitas pierden el suyo en la noria de la coquetería. La costumbre del triunfo disminuye la duda, y el pudor es, tal vez, una duda.
