Cuentos filosoficos

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—Brava pesca ha hecho usted esta mañana, buen hombre —le dije al pescador.

—Sí, señor —contestó deteniéndose y mostrándonos ese rostro renegrido de los que se pasan horas enteras expuestos a la reverberación del sol en el agua.

Aquel rostro anunciaba una larga resignación, la paciencia del pescador y sus apacibles costumbres. Aquel hombre tenía una voz sin rudeza, unos labios bondadosos, ninguna ambición, un no sé qué de canijo, de enclenque. Cualquier otra fisonomía nos hubiera desagradado.

—¿Dónde va usted a vender eso?

—Al pueblo.

—¿Cuánto le van a pagar por el bogavante?

—Quince sueldos.

—¿Y por el centollo?

—Veinte sueldos.

—¿Por qué tanta diferencia entre el bogavante y el centollo?

—¡Señor, el centollo (él lo llamaba un cintollo)[18] es mucho más delicado! y además es listo como un mono, y pocas veces se deja coger.

—¿Quiere usted dárnoslo todo por cien sueldos? —dijo Pauline.

El hombre se quedó petrificado.

—¡No será ella quien se lo lleve! —dije yo riendo, yo doy diez francos. Hay que saber pagar las emociones en lo que valen.


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