El coronel Chabert y otras historias
El coronel Chabert y otras historias Se encuentran aquí y allá, en los viejos barrios de París, varios edificios en los que el arqueólogo reconoce cierto deseo de adornar la ciudad, y ese amor a la propiedad que induce a conferir duración a las construcciones. La casa en donde vivía entonces el señor de Espard, en la calle de la Montagne-Sainte-Geneviève, era uno de esos antiguos monumentos en piedra de talla y que no carecían de cierta riqueza en la arquitectura; pero el tiempo había ennegrecido la piedra y las revoluciones de la ciudad habían alterado su interior y su exterior. Los altos personajes que antaño habitaran el barrio de la Universidad se habían ido junto con las instituciones eclesiásticas, y esta casa había albergado entonces industrias e inquilinos para los cuales no había sido destinada. En el siglo pasado, una imprenta había degradado los entarimados, ensuciado las partes de madera, ennegrecido los muros y destruido las principales disposiciones interiores. Hotel de un cardenal en otro tiempo, aquella noble mansión estaba hoy a merced de oscuros inquilinos. El carácter de su arquitectura indicaba que había sido construida durante los reinados de Enrique III, Enrique IV y Luis XIII, época en que se construían en los alrededores los hoteles Mignon, Serpente, el palacio de la princesa palatina y la Sorbona. Un anciano se acordaba de haber oído llamar a esta casa, en el siglo pasado, hotel Duperron. Parecía verosímil que este ilustre cardenal la había construido o solamente habitado. Hay en el ángulo del patio una escalinata compuesta de varios peldaños, por la que se entra en la casa y se baja al jardín por otra escalinata construida en mitad de la fachada interior. A pesar de las degradaciones, el lujo desplegado por el arquitecto en las balaustradas y en la tribuna de estas dos escalinatas revela la ingenua intención de evocar el apellido del propietario, especie de retruécano esculpido que a menudo se permitían nuestros antepasados. En fin, basándose en esta prueba, los arqueólogos pueden ver en los tímpanos que adornan las dos fachadas principales algunos vestigios de cordones del capelo cardenalicio. El señor marqués de Espard ocupaba la planta baja, sin duda para poder gozar del jardín, que en ese barrio podía ser considerado como espacioso, y se hallaba expuesto al sur, dos ventajas exigidas imperiosamente por la salud de sus hijos. Por otra parte, el estado en que tomó aquellos lugares, en los que todo exigía reparación, había decidido necesariamente al propietario a mostrarse comprensivo. El señor de Espard había podido, pues, sin ser tildado de loco, hacer en la casa algunos gastos para instalarse en ella convenientemente. La altura de las estancias, su disposición, sus partes de madera, el arreglo de los techos, todo respiraba esa grandeza que el clero ha impreso en las cosas emprendidas o creadas por él, y que los artistas vuelven a encontrar actualmente en los más ligeros fragmentos que subsisten, aunque no fuese más que un libro, un vestido, un sillón. Las pinturas encargadas por el marqués ofrecían esos tonos preferidos por Holanda, por la antigua burguesía parisiense y que procuran actualmente bellos efectos a los pintores de género. Los paneles estaban cubiertos de papeles que armonizaban con las pinturas. Las ventanas tenían cortinas de tela poco costosa, pero escogida de modo que produjese un efecto en armonía con el aspecto general. Los muebles eran raros y estaban bien distribuidos. Cualquiera que entrase en aquella casa no podía evitar un sentimiento dulce y apacible, inspirado por la calma profunda, por el silencio que reinaba en ella, por la modestia y por la unidad del color, dando a esta expresión el sentido que le dan los pintores. Cierta nobleza en los detalles, la exquisita limpieza de los muebles, una armonía perfecta entre las cosas y las personas, todo respiraba suavidad. Pocas personas eran admitidas en estos aposentos habitados por el marqués y sus dos hijos, cuya existencia podía parecer misteriosa a todo el vecindario. En uno de los cuerpos del edificio que daban a la calle, en el tercer piso, hay tres grandes habitaciones que permanecían en el estado de deterioro y de desnudez grotesca en que las había dejado la imprenta. Estas tres piezas, destinadas a la explotación de la Historia pintoresca de la China, estaban dispuestas de modo que contuviesen un despacho, un almacén y un gabinete en el que pasaba el señor de Espard una parte de la jornada; porque después del desayuno, hasta las cuatro de la tarde, el marqués permanecía solo en su gabinete, en el tercer piso, para vigilar la publicación que había emprendido. Las personas que iban a verle le encontraban generalmente allí. A menudo, al volver de sus clases, los dos hijos subían a aquel despacho. El apartamento de la planta baja formaba, pues, un santuario en el que el padre y sus hijos permanecían desde la hora de la comida hasta el día siguiente. Su vida de familia quedaba así cuidadosamente protegida. Tenía por todo servicio una cocinera, mujer anciana que se hallaba en la casa desde hacía mucho tiempo, y un ayuda de cámara de cuarenta años de edad, que estaba a su servicio antes de que el marqués contrajese matrimonio con la señorita de Blamont. El aya de los niños se había quedado con ellos. Los cuidados minuciosos de que daba fe el apartamento indicaban el espíritu de orden, el amor maternal que esta mujer desplegaba en el gobierno de la casa en interés de su dueño y de los niños. Graves y poco comunicativos, estos tres servidores parecían haber comprendido el pensamiento que dirigía la vida interior del marqués. Este contraste entre sus costumbres y las de la mayor parte de los criados constituían una singularidad que proyectaba sobre esta casa un aire de misterio y que fomentaba la calumnia a la que el propio señor de Espard daba pie. Motivos laudables habían hecho que decidiese no relacionarse con ninguno de los inquilinos de la casa. Al emprender la educación de sus hijos, deseaba preservarlos de todo contacto con personas extrañas. Quizá quiso evitar también las molestias de tener vecinos. En un hombre de su calidad, en una época en la que el liberalismo agitaba particularmente el barrio latino, esta conducta debía excitar contra él pequeñas pasiones, sentimientos cuya necedad sólo es comparable con su bajeza, y que engendraban comadreos de porteros, palabras maliciosas de puerta en puerta, todo ello ignorado del señor de Espard y de sus servidores. Su ayuda de cámara pasaba por ser un jesuita, su cocinera era una mujer muy astuta, el aya se entendía con la señora Jeanrenaud para robar al loco. El loco era el marqués. Los inquilinos llegaron insensiblemente a tildar de locura un gran número de cosas observadas en el señor de Espard y pasadas por el tamiz de sus apreciaciones sin que encontrasen en ellas motivos razonables. Creyendo poco en el éxito de su publicación sobre la China, habían acabado por persuadir al dueño de la casa de que el señor de Espard estaba sin dinero, en el preciso momento en que, por un olvido que cometen muchas personas ocupadas, había dejado que el cobrador de las contribuciones le enviase un apremio por el pago de la cuota atrasada. El propietario había reclamado entonces, a partir del 1.º de enero, el alquiler por medio del envío de un recibo que la portera no había entregado. El 15, una orden de pago fue entregada también tardíamente al señor de Espard, que consideró este acto como un mal entendido, sin creer en malos procedimientos de parte de un hombre en cuya casa vivía desde hacía doce años. El marqués fue abordado por un escribano mientras su ayuda de cámara iba a llevar el dinero del alquiler a su propietario. Este incidente, insidiosamente contado a las personas con las que estaba en relación para su empresa, había alarmado a algunas de ellas, que ya dudaban de la solvencia del señor de Espard, a causa de las sumas enormes que le sustraían, según se decía, el barón Jeanrenaud y su madre. Las sospechas de los inquilinos, de los acreedores y del dueño estaban, por otra parte, casi justificadas por la gran economía con que el marqués efectuaba sus gastos. Comportábase como un hombre arruinado. Sus criados pagaban inmediatamente en el barrio los más pequeños objetos necesarios para la vida, y obraban como personas que no quieren crédito; si hubiesen pedido algo fiado, quizá hubieran obtenido una negativa, tanto crédito habían alcanzado los chismorreos calumniosos en el barrio. Hay comerciantes que aprecian a los clientes que les pagan mal, pero que mantienen con ellos relaciones constantes, mientras que odian a otros parroquianos excelentes pero que se mantienen a distancia. Los hombres son así. Casi todas las clases sociales conceden al comadreo o a las almas viles que las adulan las facilidades y los favores que rehúsan a la superioridad que les hiere, sea cual sea la forma en que ésta se revela. El tendero que despotrica contra la Corte tiene también sus cortesanos. En fin, las maneras del marqués y las de sus hijos habían de engendrar malas disposiciones en sus vecinos y llevarles insensiblemente a un grado de malicia en el que las personas ya no retroceden ante una cobardía, cuando ésta perjudica al adversario que ellos mismos se han creado. El señor de Espard era gentilhombre, como su mujer era una gran dama: dos tipos magníficos, ya tan raros en Francia, que el observador puede contar con los dedos las personas que ofrecen de ellos una completa realización. Estos dos personajes se basan en ideas primitivas, en creencias por así decir innatas, en costumbres tomadas desde la infancia, y que ya no existen. Para creer en la sangre pura, en una raza privilegiada, para colocarse con el pensamiento por encima de las demás personas, ¿no es preciso, desde el nacimiento, haber medido el espacio que separa a los patricios del pueblo? Para mandar, ¿no es necesario no haber conocido iguales? ¿No es preciso, en fin, que la educación inculque las ideas que la naturaleza inspira a los grandes hombres a los que ella puso una corona en la frente antes de que su madre pudiera depositar un beso? Estas ideas y esta educación ya no son posibles en Francia, donde desde hace cuarenta años el azar se ha arrogado el derecho de hacer nobles templándolos en la sangre de las batallas, cubriéndolos de gloria, coronándolos con la aureola del genio; donde la abolición de las sustituciones y de los mayorazgos, desmenuzando las herencias, obliga al noble a ocuparse en asuntos del Estado y donde la grandeza personal no puede ya ser más que una grandeza adquirida tras largos y pacientes trabajos: una era completamente nueva. Considerado como un resto de aquel gran cuerpo llamado el feudalismo, el señor de Espard merecía una admiración respetuosa. Si se creía por la sangre superior a los demás hombres, también creía en todas las obligaciones de la nobleza; poseía las virtudes y la fuerza que ésta exige. Había criado a sus hijos en sus principios, les había comunicado desde la cuna la religión de su casta. Un sentimiento profundo de su dignidad, el orgullo del nombre, la certeza de ser grandes por sí mismos, engendraron en ellos un orgullo real, el valor de los paladines y la bondad protectora de los señores castellanos; sus maneras, en armonía con sus ideas, y que habrían parecido bellas en el caso de unos príncipes, ofendían a todas las personas de la calle de la Montagne-Sainte-Geneviève, país de igualdad, si cabe, donde, por otra parte, creían al señor de Espard arruinado, donde, desde el menor al mayor, todo el mundo rehusaba los privilegios de la nobleza a un noble sin dinero, por la razón de que cada uno deja que los usurpen los burgueses enriquecidos. Así, la falta de comunicación entre esta familia y las otras personas, existía tanto en el aspecto moral como en el físico.