El coronel Chabert y otras historias
El coronel Chabert y otras historias En París, casi siempre hay dos veladas en los bailes y saraos. En primer lugar, una velada oficial a la que asisten las personas a las que se ha rogado que asistieran, y que se aburren. Cada cual adopta actitudes para ser vistas del vecino. La mayor parte de las jóvenes sólo acuden para ver y ser vistas de una sola persona. Cuando cada mujer está segura de que es la más bella a los ojos de tal persona y que esta opinión quizás ha podido ser compartida por otras personas, después de cambiar frases intrascendentes como éstas: «¿Pensáis ir temprano a la Crampade?». «¡Qué bien ha cantado la señora de Portenduère!». «¿Quién es esa mujercita tan cargada de diamantes?», o después de haber lanzado frases satíricas que causan un placer pasajero e infligen heridas de larga duración, los grupos van enrareciéndose, los indiferentes se marchan, las bujías arden en las arandelas. La dueña de la casa retiene entonces a algunos artistas, personas alegres, amigos, diciéndoles: «Quedaos, cenaremos juntos». Todos se reúnen entonces en un saloncito, donde tiene lugar la segunda velada, la verdadera; velada en la que, como durante el antiguo régimen, cada cual oye lo que se dice, donde la conversación es general, donde se viene obligado a exprimir la inteligencia para divertir a todos. Una risa franca sucede a esos aires graves que, en sociedad, ponen un sello de tristeza en los rostros más lindos. En fin, el placer comienza allí donde termina la fiesta. La fiesta, esa fría revista del lujo, ese desfile de amor propio disfrazado con elegantes atavíos, es una de las invenciones inglesas que tienden a mecanizar a las otras naciones. Inglaterra parece empeñarse en que el mundo entero se aburra igual que ella y tanto como ella. Esta segunda velada constituye, pues, en Francia, en algunas casas, una feliz protesta del antiguo espíritu de nuestro alegre país; pero, por desgracia, pocas son las casas que protestan, y la razón de ello es bien sencilla: si hoy no tienen lugar en mayor número estas segundas veladas es que bajo ningún régimen hubo menos gente acomodada que bajo el régimen de Luis Felipe, en el que la revolución ha comenzado de nuevo. Todo el mundo corre hacia algún fin o va en pos de la fortuna. El tiempo se ha convertido en algo más valioso que el dinero, nadie puede, pues, entregarse a esa prodigiosa prodigalidad de regresar a casa al día siguiente, para levantarse tarde. Por consiguiente, sólo se encuentran segundas veladas en las casas de aquellas mujeres que son lo suficientemente ricas para tener invitados; y desde el mes de julio de 1830, tales mujeres son en París muy contadas. A pesar de la tácita oposición del barrio de San Germán, dos o tres mujeres, entre las cuales se encuentran la señora marquesa D’Espard y la señorita Des Touches, no han querido renunciar a la parte de influencia que ejercían sobre París, y no han cerrado sus salones. El salón de la señorita Des Touches, el hotel de la señora D’Espard, célebre por otra parte en París, constituyen el último refugio del ingenio francés de antaño, con su profundidad escondida, sus mil matices y su exquisita cortesía. Allí podréis observar aún la elegancia en las maneras, a pesar de los convencionalismos de la cortesía, del abandono en el coloquio, no obstante la natural reserva en las personas discretas, y sobre todo, la generosidad en las ideas. Allí, nadie piensa guardar su pensamiento para hacer con él un drama; y en un relato, nadie ve la posibilidad de escribir un libro. En fin, el horrible esqueleto de una literatura al acecho no se yergue jamás a propósito de una feliz ocurrencia o de un tema interesante. El recuerdo de una de estas veladas ha quedado grabado en mi mente de un modo más particular, no tanto a causa de una confidencia en la que el ilustre De Marsay puso al descubierto uno de los repliegues más recónditos del corazón de la mujer, como a causa de las observaciones a las cuales dio pie su relato acerca de los cambios que se han operado en la mujer francesa desde la fatal revolución de julio.