El coronel Chabert y otras historias
El coronel Chabert y otras historias El conde Chabert, cuyas señas se leían en la parte baja del recibo que había entregado al notario, vivía en el barrio de Saint-Marceau, calle del Petit-Banquier, en casa de un viejo aposentador de la guardia imperial, convertido en criador de vacas y llamado Vergniaud. Una vez hubo llegado allá, Derville viose obligado a ir a pie en busca de su cliente; porque su cochero negose a aventurarse por una calle sin pavimentar y cuyas roderas eran demasiado profundas para las ruedas de un cabriolé. Mirando a todos lados, el procurador acabó por encontrar, en la parte de esa calle vecina a la avenida, entre dos muros edificados con osamentas y tierra, dos malas pilastras de morrillos, que el paso de los carruajes había roto en parte, a pesar de dos trozos de madera hincados a modo de guardacantones. Estas pilastras sostenían una viga cubierta por una albardilla de tejas en la que se leían estas palabras escritas en caracteres rojos: VERGNIAUD, GANADERO. A la derecha de este nombre veíanse unos huevos y a la izquierda una vaca, todo pintado de blanco. La puerta estaba abierta, y sin duda permanecía así todo el día. En el fondo de un patio bastante espacioso se levantaba, frente a la puerta, una casa, si es que este nombre puede aplicarse a uno de esos locales construidos en los arrabales de París y que no pueden compararse con nada, ni siquiera a las más mezquinas viviendas del campo, de las que tienen la miseria sin tener su poesía. En efecto, en medio de los campos, las cabañas tienen todavía una gracia que les confiere la pureza del aire, el verdor, el aspecto de los campos, una colina, un camino sinuoso, unas viñas, un seto vivo, los aperos de labranza; pero, en París, la miseria no se eleva más que con su horror. Aunque construida recientemente, esta casa parecía estar a punto de caerse en ruinas. Ninguno de los materiales había tenido su verdadero destino, procedían todos de las demoliciones que se efectúan a diario en París. Derville leyó encima de un postigo hecho con las planchas de una muestra: ALMACÉN DE NOVEDADES. Las ventanas no se parecían entre sí y se encontraban singularmente colocadas. La planta baja, que parecía ser la parte habitable, estaba levantada por un lado, mientras que por el otro, las habitaciones estaban enterradas por una eminencia. Entre la puerta y la casa se extendía un charco lleno de estiércol adonde iban a parar las aguas de la lluvia y de la casa misma. La pared en la que se apoyaba esta mísera vivienda y que parecía más sólida que las otras, estaba provista de cabañas enrejadas en las que verdaderos conejos procreaban sus numerosas familias. A la derecha de la puerta cochera se encontraba la vaquería encima de la cual había un granero para el forraje, y que comunicaba con la casa por medio de una lechería. A la izquierda había un corral, un establo y un cobertizo para cerdos, que había sido terminado, como el de la casa, con malas tablas de madera blanca clavadas unas sobre las otras y mal recubiertas con juncos. Como casi todos los lugares en los que se cocinan los elementos de la gran comida que París devora todos los días, el patio en el que Derville puso el pie ofrecía las trazas de la precipitación impuesta por la necesidad de llegar a una hora fija. Aquellos grandes recipientes de hojalata abollados, en los que se transportaba la leche, y los potes que contenían la nata, estaban arrojados confusamente delante de la lechería con sus tapones de trapo. Los pingajos agujereados que servían para secarlos, colgaban al sol, pendido en cordeles atados a postes. Aquel caballo pacífico, cuya raza sólo se encuentra en las lecherías, había dado unos pasos separándose de la carreta y permanecía delante de la cuadra, cuya puerta se hallaba cerrada. Una cabra mordisqueaba los pámpanos de la parra desmedrada y polvorienta que trepaba por la pared amarilla y agrietada de la casa. Un gato se hallaba acurrucado sobre los potes de la nata y los lamía. Las gallinas, asustadas al ver que se acercaba Derville, se alejaron cacareando y el perro guardián ladró.