El Coronel Chabert

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A Martínez de la Rosa

El campanario de la pequeña ciudad de Menda acababa de dar la medianoche. En ese momento, un joven oficial francés, apoyado en el antepecho de una larga terraza que bordeaba los jardines del castillo de Menda, parecía sumido en una contemplación más profunda que la que conllevaría la despreocupación de la vida militar; aunque también cabe decir que jamás hubo hora, paraje y noche más propicios para la meditación. El hermoso cielo de España tendía una cúpula azul sobre su cabeza. El centelleo de las estrellas y la suave luz de la luna iluminaban un valle delicioso que se desplegaba coquetamente a sus pies. Apoyado en un naranjo en flor, el jefe de batallón podía ver, a cien pies por debajo de él, la ciudad de Menda, que parecía haberse puesto a resguardo de los vientos del norte, al pie de la roca sobre la que se alzaba el castillo. Al volver la cabeza, vislumbraba el mar, cuyas aguas brillantes enmarcaban el paisaje con una ancha hoja de plata. El castillo estaba iluminado. El alegre bullicio de un baile, los sones de la orquesta, las risas de algunos oficiales y de sus parejas de baile llegaban hasta él mezclados con el lejano murmullo de las olas. El frescor de la noche imprimía una especie de energía a su cuerpo cansado por el calor del día. En los jardines había plantados árboles tan odoríferos y flores tan perfumadas, que el joven se encontraba como sumergido en un baño de fragancias.


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