El Coronel Chabert

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La cuarta, apurando una copa de vino de Quíos, exclamaba: «¡Viva la alegría! ¡Adopto una existencia nueva cada aurora! Olvidadiza del pasado, ebria aún por los embates de la víspera, cada noche agoto una vida de felicidad, una vida llena de amor».

La mujer sentada junto a Belvidero lo miraba con ojos ardientes. Estaba callada. «¡No recurriría a unos bravi[40] para matar a mi amante, si me abandonara!». Luego, se había echado a reír, pero su mano convulsiva rompía una cajita de oro, prodigiosamente esculpida, para guardar confites.

—¿Cuándo serás gran duque? —le preguntó la sexta al príncipe con una expresión de alegría asesina en los dientes y delirio báquico en los ojos.

—Y tú, ¿cuándo va a morir tu padre? —dijo la séptima riéndose y arrojando su ramillete de flores a don Juan con un gesto embriagador de alocada alegría. Era una inocente joven acostumbrada a jugar con todas las cosas sagradas.

—¡Ay, ni me lo mencionéis —exclamó el joven y apuesto Juan Belvidero—, sólo hay un padre eterno en el mundo y la desgracia quiere que me haya tocado a mí en suerte!


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