Eugenia Grandet
Eugenia Grandet Este desenlace defrauda necesariamente la curiosidad. Quizá ocurra lo mismo con todos los desenlaces verdaderos. Las tragedias, los dramas, por hablar el lenguaje de esta época, son raros en la vida real. Recuérdese el preámbulo. Esta historia es una traducción imperfecta de algunas páginas olvidadas por los copistas en el gran libro del mundo. Aquí no hay invención. La obra es una humilde miniatura para la que se necesitaba más paciencia que arte. Cada departamento tiene su Grandet. Sólo que el Grandet de Mayenne o de Lille es menos rico de lo que era el antiguo alcalde de Saumur. El autor ha podido forzar un rasgo, esbozar mal sus ángeles terrenales, poner demasiado color o no el suficiente en su vitela. Quizá ha recargado de oro el contorno de la cabeza de su María; quizá no ha distribuido la luz según las reglas del arte; en fin, quizá ha ensombrecido demasiado los tintes, ya de por sí negros, de su anciano, imagen totalmente material. Pero no neguéis vuestra indulgencia al paciente monje, que vive en el fondo de su celda, humilde adorador de la Rosa mundi[138], de María, bella imagen de todo el sexo femenino, la esposa del monje, la segunda Eva de los cristianos.
