Eugenia Grandet

Eugenia Grandet

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Sólo seis personas tenían derecho a ir a esa casa. La más notable de las tres primeras era el sobrino del señor Cruchot. Desde su nombramiento de presidente del Tribunal de primera instancia de Saumur, este joven había unido al apellido Cruchot el de Bonfons, y se esforzaba por hacer prevalecer Bonfons sobre Cruchot. Ya firmaba C. de Bonfons. El litigante lo bastante imprudente para llamarlo señor Cruchot enseguida se daba cuenta en la audiencia de su estupidez. El magistrado protegía a los que lo llamaban señor presidente, pero favorecía con sus sonrisas más graciosas a los aduladores que le decían señor de Bonfons. El señor presidente tenía treinta y tres años, era propietario del dominio de Bonfons (Boni fontis), que rentaba siete mil libras; aguardaba la herencia de su tío el notario y la de su tío el abate Cruchot, dignatario del cabildo de Saint-Martin de Tours[25], y ambos pasaban por ser bastante ricos. Estos tres Cruchot, secundados por buen número de primos emparentados con veinte casas de la ciudad, formaban un partido como en el pasado en Florencia los Médicis; y, como los Médicis, los Cruchot tenían sus Pazzi[26]. La señora des Grassins acudía asiduamente a la tertulia de la señora Grandet, con la esperanza de casar a su querido Adolphe con la señorita Eugenia. El señor des Grassins, banquero, favorecía enérgicamente las maniobras de su mujer haciendo en secreto constantes servicios al viejo avaro, y siempre llegaba a tiempo al campo de batalla. Estos tres des Grassins tenían asimismo sus partidarios, sus primos y sus aliados fieles. Por el lado de los Cruchot, el abate, el Talleyrand de la familia, bien secundado por su hermano el notario, disputaba vivamente el terreno a la banquera y trataba de reservar la rica herencia para su sobrino el presidente. Este combate secreto entre los Cruchot y los des Grassins, cuyo premio era la mano de Eugenia Grandet, apasionaba enormemente a los diversos círculos de Saumur. La señorita Grandet, ¿se casará con el señor presidente o con el señor Adolphe des Grassins? A esta pregunta unos respondían que el señor Grandet no entregaría su hija ni al uno ni al otro. El viejo tonelero, roído por la ambición, buscaba por yerno, decían unos, a algún par de Francia a quien trescientas mil libras de renta harían aceptar todos los toneles pasados, presentes y futuros de los Grandet. Los otros replicaban que el señor y la señora des Grassins eran nobles, poderosamente ricos, que Adolphe era un joven muy apuesto y que, a menos de tener un sobrino del papa en la manga, una alianza tan conveniente debía satisfacer a gente sin importancia, a un hombre al que todo Saumur había visto con la doladera en la mano y que, además, había llevado el gorro frigio. Los más sensatos hacían observar que el señor Cruchot de Bonfons tenía acceso a la casa a cualquier hora, mientras que su rival sólo era recibido los domingos. Unos sostenían que la señora des Grassins, más unida a las mujeres de la casa Grandet que los Cruchot, podía inculcarles ciertas ideas que, tarde o temprano, le permitirían triunfar. Otros replicaban que el abate Cruchot era el hombre más insinuante del mundo, y que entre mujer y cura la partida estaba igualada. «Es una partida entre faldas», decía un gracioso de Saumur. Mejor informados, los viejos del lugar pretendían que los Grandet eran demasiado sagaces para dejar salir los bienes de su familia, la señorita Eugenia Grandet de Saumur sería casada con el señor Grandet de París, rico comerciante de vinos al por mayor. A esto cruchotinos y grassinistas replicaban: «En primer lugar, los dos hermanos sólo se han visto dos veces en los últimos treinta años. Además, el señor Grandet de París tiene altas pretensiones para su hijo. Es alcalde de un distrito, diputado, coronel de la Guardia nacional, juez en el Tribunal de Comercio; reniega de los Grandet de Saumur y pretende emparentar con alguna familia ducal por la gracia de Napoleón». ¿Qué no se diría de una heredera de la que se hablaba en veinte leguas a la redonda y hasta en los carruajes públicos, de Angers a Blois incluso? A principios de 1818, los cruchotinos consiguieron una señalada ventaja sobre los grassinistas. El feudo de Froidfond, notable por su parque, su admirable castillo, sus granjas, río, estanques y bosques, y que valía tres millones, fue puesto a la venta por el joven marqués de Froidfond, obligado a liquidar sus bienes. Maese Cruchot, el presidente Cruchot y el abate Cruchot, ayudados por sus allegados, consiguieron impedir su venta por pequeños lotes. El notario concluyó con el joven un negocio redondo persuadiéndolo de que tendría que hacer innumerables demandas contra los adjudicatarios antes de llegar a un acuerdo sobre el precio de los lotes; era preferible vender al señor Grandet, hombre solvente y capaz, por otra parte, de pagar la finca al contado. De esta manera fue a parar el hermoso marquesado de Froidfond al esófago del señor Grandet, quien, para asombro de Saumur, lo pagó con descuento después de las formalidades de rigor. La resonancia del negocio llegó a Nantes y a Orléans. El señor Grandet fue a ver su castillo aprovechando una carreta que volvía allí. Tras haber echado una mirada de dueño sobre su propiedad, regresó a Saumur, seguro de haber invertido sus fondos a un cinco, y dominado por la magnífica idea de redondear el marquesado de Froidfond reuniendo en él todos sus bienes. Luego, para volver a llenar su tesoro casi vacío, decidió talar sus bosques y arboledas, y explotar los álamos de sus prados.


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